Hagamos un trato. Un pacto de coherencia. Si alguna vez te has quejado del disparate consumista navideño; si en más de una ocasión, sin comerlo ni beberlo, te has visto arrastrad@ a comprar regalos innecesarios con la previa seguridad de que acabarían en el rincón más perdido de un armario que nadie abre, si esto de la Navidad te parece un rollo patatero, bienvenid@ al pacto.
A ver. Definamos los puntos:
En primer lugar, ¿qué tal si a todas las personas proclives a gastar su dinero en regalarnos, les pedimos que se abstengan? Bastará con decirles que no necesitamos nada material. Que muchas gracias, pero no.
Para seguir, podemos no caer en la tentación de comprar nada innecesario a nadie, por mucho que lo queramos, convencidos como estamos de que el cariño, también el amor, es francamente otra cosa.
A nadie le gusta quedar como el bicho raro, el amargafiestas de la pandilla, de la familia, del grupo de lo que sea. Hagamos el esfuerzo, sacudámonos el peso del qué dirán.
Para compensar, propongo que regalemos horas de conversación, de compañía, paseos silenciosos por la orilla de cualquier abismo, un rato de atención, empatía, asertividad, la propuesta firme de escuchar sus proyectos -por mucho que de antemano nos puedan resultar absurdos-, un saco de abrazos, unas risas compartidas, una siesta con babas frente a un televisor la tarde de cualquier domingo...
Vale, vale. Lo sé. Estos regalos cuestan más, pero estarán conmigo en que son obsequios realmente necesarios, no contaminan y, por ahora, ninguna multinacional ha inventado como sacar tajada de ellos.
¿Se apuntan?