martes, 14 de abril de 2009

Papel mojado

El papel ya no sirve para casi nada. Además de sus consabidas funcionalidades higiénicas que no voy a detallar, su valor ha caído a los mínimos de la palabra dada. Una bazofia.

Para hacer valer los compromisos que un tipejo o grupo de impresentables plasmaron en uno de esos rectángulos de resina seca planchada, tienes que invertir el mismo o más tiempo y dinero que costó lo que te están robando. Al final, para que una subjetividad enfundada en sotana, al otro lado de una mesa alta, se lo juegue a la cara o cruz de sus opiniones y presuntos entenderes sobre la materia.

Menos mal que existen personas, como la del vídeo, que con mucha creatividad y más ingenio, le encuentran utilidades novedosas.


lunes, 13 de abril de 2009

La cola


Acaba de licenciarse, ahora prepara un doctorado. Cuida niños a las vecinas, da clases particulares y comparte piso con amigos. Se le acabaron las becas. Por eso está allí.

No le gustaba estudiar, así que a los dieciséis el padre se lo llevó a amasar cemento y cargar ladrillos. Las obras cerraron. Por eso él también está allí.

Llevaba años en la empresa. Los dueños no quisieron recortar beneficios y redujeron gastos. Primero a los más jóvenes, poco a poco a los más viejos. Ahora le tocó a él. Por eso también está allí.

Quiso independizarse. Se fundió los ahorros sin éxito. Le quedan algunas ideas, pero ni un céntimo que echarse a la boca. Por eso también está allí.

sábado, 11 de abril de 2009

La rendija


Por un momento estuve tentado de hacerle caso a los chinos. Casi me siento, dejo que me limpien y luego me pongo a esperar, por aquello de si pasaban los cadáveres de quienes me robaban.

Andaba reprimiéndome las ganas de venganza, las de tirarme al monte con la metralleta para, en una emboscada, puño en alto y boina calada, acribillarlos sin piedad en una orgía de sangre imaginaria.

Estas fantasías de lo más hondo de mis vísceras luchaban por el espacio, a puro codazo, con las muchas ganas de desmoronarme sin más. Eso sí, con mucho moco y lagrimeo, adornado con susurros y lamentos. El universo la tiene tomada conmigo, habría repetido a gritos.

En estos vaivenes emocionales andaba cuando, de repente, se me encendió un bombillo. ¿Rojo? No sé. Verde, quizás. Encontré una rendija en la que poner mi culo a salvo de la sodomización que me acechaba. Un enroque silencioso y no falto de un matiz malévolo.

Sin ánimo de exagerar, hasta juraría que me brilló el diente al sonreír.