domingo, 30 de agosto de 2009

dar


Hace mucho que me convencí: La generosidad es otra forma de egoísmo.

Los hay que dan bajo luz y taquígrafos, en busca del reconocimiento social y la exaltación pública de su propio ego.

Quienes lo hacen en privado, no son diferentes. Sólo que a éstos les basta con la satisfacción personal de compartir. Que ya es bastante. Máxime cuando tiene un matiz seudoclandestino. Hasta el no contarlo tiene su morbo.

Hay veces en las que te vacías esperando que te devuelvan, a modo de trueque, lo que esperabas. Este altruismo hunde sus pies en el conductismo. A cambio de estímulos positivos, aguarda una respuesta satisfactoria, premeditada. En la mayoría de las ocasiones provoca tremenda frustración.

La caridad de los religiosos es más de lo mismo, salvo que éstos esperan como respuesta un regalo divino, un premio en el más allá. No se trata de resolver el problema, sino de asegurarse parcelas de felicidad tras la muerte. O algo así.

Desmitificado el verbo dar, es preciso reivindicar sus valores o, si fuera posible, reinventarlos, frente al comprar, vender, chantajear, robar, machacar y otras infinitas formas de explotación al uso.

Me gusta imaginar que, al dar, podría ocurrir un efecto en cadena, como las fichas del dominó. Que, de pronto, el receptor de la donación se contagia y le da por hacer lo mismo con otros que encuentra. Y éstos a otros... Así, hasta el infinito. De este modo, sin más esfuerzo, se inunda de buen rollo la galaxia.

En mi sueño, el altruismo también espera algo a cambio. Aunque sea gratis, por muy esotérico que resulte.


1 comentario:

El otro dijo...

Se dá sin esperar nada a cambio, es el buen rollito que se vende en los escaparates... en la trastienda se almacenan los intereses.
Aún así es inevitable ser individuo con ciertas dosis de egoismo.