domingo, 2 de noviembre de 2008

cuestión de tiempo

Ese día volvió a llegar excesivamente temprano al salón del aeropuerto. Así que tuvo tiempo de sobra para leer la prensa y analizar al paisanaje que deambulaba por la zona, maletas en ristre. Y hasta para dejarse flotar entre los dibujos que decoraban el techo de la estancia, a bordo de los más disparatados razonamientos.

Tenía la estúpida costumbre de ser puntual. Obsesionado con organizar su tiempo y prevenir los posibles imprevistos que pudieran demorar su llegada en hora a la cita, siempre erraba en el cálculo y se adelantaba quince minutos. El margen de error era constante.


Le había calado hondo aquello de la falta de consideración que supone llegar tarde. Tampoco era persona especialmente sociable. Por eso, cuando iba a algún lugar era porque realmente le interesaba. De lo contrario no salía de casa. Por el mismo motivo, jamás esperaba más de un cuarto de hora por nadie. Si la persona citada se retrasaba más de 15 minutos, se iba sin dar explicaciones.


Este mal hábito había derivado en más de una mala cara. Sobre todo cuando la cita tenía lugar en la casa de la otra parte. No a todo el mundo le agrada que llamen a la puerta los comensales cuando aún no está puesta la mesa.


Las divagaciones que le llenaban la espera le llevaron también a la pregunta: “¿Cuánto tiempo habré perdido esperando?” Sin dudarlo un segundo, se concentró en el cálculo. "En cada ocasión derrocho 15 minutos. Al llevar y al recoger a los niños: 15 por 2, 30 minutos al día. Al llegar al trabajo: 15 diarios, 75 a la semana. En las dos o tres entrevistas semanales por asuntos laborales: 45 minutos más. En las reuniones de los jueves con los amigos: 15 más. En los almuerzos familiares de cada sábado y en la cena o almuerzo del fin de semana: sumo otros 30. A los dos partidos semanales: y 30 más."


Eso supone 345 minutos a la semana. A los que debería añadir otros quince por los habituales cumpleaños de los chicos o las salidas al cine, al teatro o a cualquier otro acto cultural al que acudía con frecuencia semanal. Total: 360 minutos semanales.


Seis horas”, exclamó, haciendo sonora su reflexión y rompiendo el silencio de la sala de espera de llegadas nacionales. “Podría invertir ese tiempo en hacerme algún master o asignaturas sueltas de cualquier titulación. O, sencillamente, en tumbarme al sol. O en saborear el café que siempre tomo a sorbos por el pasillo y que dejo a medias en el recibidor de mi casa, precisamente para llegar con quince minutos de antelación a todas mis citas”.


Más perplejo se quedó cuando hizo el cálculo mensual: “24 horas al mes esperando. Pierdo un día entero cada mes”. Tuvo la sensación de que se le escapaba un buen pedazo de vida por culpa de una estúpida obsesión. Una puntualidad que nadie le agradecía y que, de forma sutil y escalonada le robaba una buena porción de existencia. “Las grandes estafas siempre se hicieron peseta a peseta”, recordó. "Con doce días al año podría disfrutar de otras vacaciones".


El panel anunció la llegada del vuelo que esperaba. Puntual. Justo quince minutos después de que él llegara al aeropuerto. Pudo ver como los pasajeros tomaban posiciones junto a la cinta de recogida de equipajes. No la distinguió en el tumulto. Comenzaron a salir uno a uno los viajeros. Se fundían en saludos cariñosos, abrazos amistosos, besos fraternales. Pero ella no salía.


El vuelo desapareció del panel anunciador y ella no apareció. Una hora más tarde se fue solo de vuelta a casa. Esta vez, el vacío de la espera le había succionado unos cuantos minutos de más.


2 comentarios:

Antonio dijo...

Quuerido Javier, pones el dedo en la llaga, porque nos empeñamos en introducir fiestas que no nos son propias, aderezadas con el tinte carnavalesco y que la batucada no falte, nos empeñamos en perder la identidad y hacer esfuerzos por recurrir a lo erxterno en vez de lo propio, ya fe que lo he visto!!

carmen dijo...

Hola Javier, yo soy una "godita" de Jaén, vivo rodeada de olivos, donde apenas llega nada de fuera, donde se deberia desconocer estas costumbres anglosagonas, y tengo que decir que en las casas a nivel familiar son desconocidas, es en el colegio donde enseñan culturizan en este sentido a los niños.
Yo por mi parte lo celebre como se hizo de toda la vida aqui. Me negue a comprar esas calabazas con ojos , boca y nariz.
Compre de las normales y las hice al horno, compre boniatos, castañas e hice el postre tipico de esta epoca del año.
Es mi pobre aportación a no perder mis raices y asi se lo enseñare a mis hijos el dia que los tenga.